El Domund

El Domund

05/01/2019 Mis microrrelatos 0

Habían bajado al pueblo algunas veces, bien a confesarse con el sacerdote del noviciado de las monjas –bueno, en tales ocasiones Pepa actuaba como dama de compañía–, bien a visitar los monumentos al Altísimo que se montaban en las iglesias por Semana Santa. Eran paseos aburridos y en compañía de dos o más religiosas.

Pepa le pidió la hucha a Resu, dispuesta a iniciar la colecta. Era domingo y no se veía mucha gente por las calles. Se acercó a una mujer ya anciana de aspecto estrafalario, apoyada en un bastón. Lucía una melena larga teñida de rubio, vestido de crepé con volantes de un azulón intenso y botas de media caña de piel de serpiente. Solo le faltaban las antenas para culminar su apariencia de marciana recién llegada a la Tierra. Recitó, como si de un estribillo se tratase, la frase aconsejada por la Superiora:

–Muy buenos días, señora, ¿sería usted tan generosa de contribuir con una limosna al socorro de las misiones?

La alienígena se detuvo, la miró contrariada y, desde el centro de la pupila de los ojos azules, a Pepa le pareció que surgían dos finos rayos de luz que amenazaban con bloquear la suya. Alzó el dedo índice de la mano derecha:

–¡Y un cuerno! Estoy hasta los ovarios de las misiones y de las patrañas que se inventan los curas y las monjas para sacar dinero a todo quisque. Para mí tendría que pedir yo.

“El tiempo nos deshizo”

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